jueves, 12 de enero de 2012

Fotografía de la mediocridad docente

En los últimos días del año anterior apareció en la prensa el siguiente artículo que retrata fidedignamente el deplorable estado de la actitud mental de una gran cantidad de docentes que desaprovechan la oportunidad de participar en la solución del rezago educativo en México.


La dañina mediocridad

Rosaura Barahona


27 Dic. 11El MARCO me invitó a participar en un programa para maestros. Escuchan unas pláticas sobre educación y, después, visitan algunas salas del museo en donde descubren posibilidades de sensibilizar a sus alumnos hacia formas de expresión artísticas diversas.



La plática fue para 300 maestros. Hablé sobre algunos métodos y programas educativos actuales: Kipp, High Scope, Waldorf, Unschooling y Bachillerato Internacional. Aclaré que ninguno es la panacea, pero todos tienen al alumno como centro del proceso educativo.


La teoría de cualquier método, incluso del tradicional del cual somos resultado la mayoría de nosotros, es maravillosa. Las dificultades empiezan al poner la correspondiente teoría en práctica.


La SEP tiene un nuevo programa nada tradicional.  El alumno debe estar en el centro del proceso enseñanza-aprendizaje, pero la verdad, el centro sigue siendo el maestro: él es la fuente principal del conocimiento y quien alienta, aplaude, regaña y reprime; es la única autoridad en el aula: ordena y espera que los demás acaten. Y todo porque considera que él sí sabe y sus alumnos no.


No se trata de que los métodos no tradicionales permitan a los niños hacer lo que les venga en gana, como los papás poco informados suponen y repiten. Tampoco se trata de evaluarlos a todos igual, hagan lo que hagan. Y menos, volverlos dictadores. Esas ideas han surgido por la resistencia al cambio; cualquier innovación educativa provoca temor ante lo desconocido.


Para quienes escogimos ser maestros es difícil encontrar otra profesión tan apasionante, exigente y llena de oportunidades para crecer. Para quienes decidieron trabajar como maestros (sin serlo) es difícil encontrar otra tan tediosa, rutinaria y aburrida. Siguen ahí porque la consideran facilona, pero para ellos debe ser una monserga enseñar.


La educación en México tiene graves problemas. Sí, Elba Esther, y sí, el SNTE y sí, la corrupción, pero también hay otro problema: la mediocridad de no pocos maestros. Decir que enseñamos es una cosa; guiar a los alumnos para que descubran y aprendan, otra. Y eso se logra mejor cuando les contagiamos nuestro entusiasmo por algo.


¿Cómo saber si somos maestros mediocres? Van algunas pistas:
Si escogí la profesión porque es un trabajo "fácil" y tengo muchas vacaciones.
Si me limito a hacer lo que me digan.
Si me conformo con enseñar lo que me pide el programa y lo cubro todo, aunque sólo unos cuantos entiendan.
Si el "aprendizaje" de mis alumnos se basa en la memoria efímera y no creo las condiciones para aprendizajes perdurables.
Si trabajo con contenidos enciclopedistas y no con conceptos.
Si creo que todos mis alumnos aprenden lo mismo, del mismo modo, al mismo tiempo y al mismo ritmo.
Si creo que en todos los salones hay inteligentes y burros y siempre son los mismos.
Si no leo, por lo menos, un libro cada semana o dos al mes.
Si no me mantengo actualizado en cuanto a los cambios de la educación, sobre todo, en mi País y sus diferentes estratos sociales.
Si no hago contribuciones en las juntas o asambleas porque no sirve de nada.
Si asisto a las capacitaciones, pero al regresar al salón vuelvo a mi modelo tradicional porque cambiar cuesta mucho.
Si sufro para levantarme e ir a la escuela y espero con ansia la hora del recreo y de la salida.
Si creo que cumplo con mi deber cuando me limito a calificar tareas y exámenes y me resisto a evaluar a fondo a mis alumnos porque exige mucho esfuerzo.
Si me resigno a que los papás no entiendan el nuevo programa de la SEP y les doy por su lado.
Si me encanta participar en la grilla y, de hecho, la propicio.
Si llego a mi casa a ver telenovelas trilladas, como cualquier persona sin preparación.
Si no busco oportunidades para desarrollarme como ser humano o como maestro y cuando me las presentan, las eludo.
Si agradezco las palancas cuando éstas me favorecen.
Si lucho por "ser comisionado" para dejar de dar clases.
Si sueño con que mis alumnos problema desaparezcan por arte de magia.
Si nunca comparto mis aciertos ni mis errores.

Faltan muchas, pero son sencillas de imaginar. Por suerte, hay miles de maestros que luchan contra todo eso. En manos de ellos está una parte del cambio.


rosaurabster@gmail.com

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